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domingo, 27 de mayo de 2012

De Voces anónimas


PROFE ACA LE DEJE EL RELATO :)




El libro que leí se llama Voces Anónimas es un libro que está lleno de historias sobrenaturales de un "universo mágico". La historia que leí se titula La sombra de Ipoll. Ipoll es un liceo muy antiguo de la cuidad de salto, el más antiguo, fue fundado hace cerca de ciento treinta años en él estudiaron figuras importantes para el Uruguay como Horacio Quiroga, la antigüedad de este liceo ha dado lugar a una cantidad de historias. Los salteños juran que por las noches las luces del edificio se prenden y se apagan solas, y hay gente que ha visto sombras dentro de él en horas en que debería no haber nadie allí adentro. Hacía mediados de la década de los 80 unos agentes de Policía visitaron el lugar durante la madrugada, y no se imaginaban que  al hacerlo serian protagonistas de una de las leyendas urbanas más escalofriantes de la tradición oral del departamento. Algunos vecinos de la ciudad recuerdan que por aquellos años una de las ventanas del liceo tenía el vidrio roto. Por cuestiones presupuestales, las autoridades del IPOLL decidieron tapar el agujero con unas planchas de madera compensada y las afirmaron con un mueble pesado. El arreglo anduvo bien por un tiempo, pero algunos niños de la zona se les ocurrió entrar por las noches al liceo. Nunca hicieron mucho daño, pero a veces se le iba la mano y dejaban todo desordenado. Y por eso la dirección del liceo le pidió a la Jefatura de Policía que estableciera a un guardia a las horas de la noche. La policía ordeno que dos agentes se encargaran de vigilar el perímetro del IPOLL toda la noche. En el verano, los policías no tuvieron ningún problema para vigilar en lugar, y los niños ya no se aparecieron por allí, pero con el invierno, todo se complicó; el frió de salto en esas épocas del año es tan insoportable que ni siquiera los propios habitantes de la ciudad pueden acostumbrarse a él, así que le pidieron permiso a sus superiores para que los dejaran hacer la vigilancia adentro del edificio y la Jefatura de Policía les  dijo que sí. Como vieron que todo se tranquilizó sacaron a uno de los policías y solo quedo uno cuidando el edificio. La mayor parte del tiempo, se la pasaba sentado en un banco del hall principal pero a cada rato tomaba su linterna y se ponía recorrer el edificio, todo se presentaba frió, silencioso y envuelto en penumbras. Una noche este policía escucho ruidos, estos provenían desde los laboratorios, ubicados en el primer piso del IPOLL, al fondo de un estrecho corredor. Parecía como si alguien estuviera moviendo los muebles, abriendo los cajones o revolviendo los materiales en ese lugar. El agente pensaba que los niños habían vuelto a hacer de las suyas, estaba convencido entonces bajo por las escaleras, pero se sorprendió al ver que la puerta del laboratorio estaba entreabierta, cuando se acercó mas, vio que también que la cerradura no había sido forzada. Aunque lo más extraño de todo era que por debajo de la puerta, así como a través de la hendija que quedaba entre esta y la pared, se podían ver algunas sombras que se movían en el interior de la habitación. El policía tuvo una sensación muy rara. Una cosa era escuchar ruidos a lo lejos porque para él era costumbre escuchar ruidos de alguna cosa que se caía, pero otra muy diferente era comprobar con sus propios ojos aquellos movimientos en el interior del laboratorio, porque ellos indicaban con claridad que allí había alguien y que la situación se iba a poner difícil. No obstante, tenía la obligación de averiguar que estaba pasando, así que empujo la puerta lo más silenciosamente que pudo para sorprender al intruso. Al abrirse la puerta, el policía comenzó a alumbrar con su linterna de arriba abajo en el interior de la habitación, pero no pudo percibir nada raro pero, como aquellos misteriosos sonidos continuaban en todas partes, no tuvo más remedio que caminar unos pasos hacia adentro del laboratorio, sacar su arma y gritar bien fuerte: -¡Policía! ¡¿Quién anda ahí?! Apenas termino de decir esto, la puerta del laboratorio de biología se cerró a sus espaldas. Y de inmediato, una lluvia de objetos empezó a caer sobre él. Atemorizado y sin comprender que estaba ocurriendo el agente se arrojó debajo de una de las mesas de azulejos blancos del laboratorio tratando de protegerse. Estaba aterrado pero era su deber controlar la situación. Así que se quedó acurrucado unos instantes, tratando de ganar tiempo para pensar en la mejor manera de continuar el procedimiento, mientras a su alrededor el escandalo no se detenía. Cuando parecía que todo se había calmado el policía salió de ahí abajo, abrió la puerta y se fue del laboratorio. Corrió hasta una oficina que estaba al lado de la dirección del liceo para buscar un teléfono y con las manos temblorosas, marcó el número de la Jefatura de Policía y pidió con urgencia personal de apoyo. Minutos más tarde una patrulla llegó y de ella salieron dos uniformados. Cuando los policías entraron y lo vieron él estaba blanco y casi no podía hablar, no le pudo explicar a los otros agentes lo que había pasado entonces uno de ellos fue hasta el primer piso para ver qué pasaba y el otro se quedó con el agente. Mientras tanto el agente que fue a ver qué pasaba estaba nervioso, y se dirigía al laboratorio con su revólver y a medida que bajaba uno a uno los peldaños, notó que algo extraño estaba pasando a lo lejos se escuchaba, llegando como un eco desde lo más profundo de los corredores, el sonido de una voz gutural, ronca y cavernosa que no se parecía para nada a la de un ser humano. A pocos pasos de la habitación, el agente fue testigo de algo impresionante. Era una especie de mancha negra y grande que se movía difusamente en las penumbras. Era aterradora y se proyectaba como un fantasma sobre las paredes los ventanales y los pisos del liceo. Y lo peor de todo fue que, además de su espantoso aspecto, empezó a avanzar hacia el policía, mientras emitía un chillido agudo y fuerte que le lastimaba los oídos. Tan feo era el aspecto de esa sombra que, a pesar de todo su coraje, el agente saco su arma y comenzó a disparar, mientras retrocedía de espaldas hacia la escalera. Las detonaciones alteraron a los otros dos uniformados que estaban junto al salón de actos y se vieron sorprendidos cuando el policía apareció en el primer piso pidiendo ayuda a los gritos y dándose vuelta de a ratos para disparar a la sombra que venía persiguiéndolo. A ellos se les helo la sangre al contemplar la figura de ese fantasma, sin dudarlo sacaron sus armas y comenzaron a dispararle, mientras corrían hacia la puerta de entrada, tratando de alcanzar la salida. Justo cuando los tres policías salieron a la calle, una segunda patrulla llego al liceo, y ellos les contaron lo que paso y ni los oficiales recién arribados, ni los tres que acababan de salir se animaron a entrar de nuevo al liceo, prefiriendo dejar las cosas como están. El caso nunca se resolvió. Y ahí se quedó en solitario la sombra del IPOLL, en medio de la madrugada salteña.

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