Continuación del cuento...
El hombre, que había cuidado de la tortuga, se volvió a enfermar y le vino una fiebre muy alta, que subía cada vez mas, hasta que perdió el conocimiento.
El hombre delirando decía: -Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.
Y entonces la tortuga lo escucho, y se dijo a si misma: —El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora.
Inmediatamente después de esto la tortuga fue en busca una cáscara de tortuga chiquita para allí poder almacenar agua y llevársela al hombre enfermo y también raíces ricas para que pudiese comer.
El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:
—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.
Y así la tortuga fue en busca de finas pero fuertes enredaderas y amarró a su caparazón al pesado hombre, junto con el mate, la escopeta y las pieles y así comenzó su heroico viaje.
La tortuga camino así días y noches cargando el peso del hombre en su caparazón, aunque de vez en cuando hacía paradas y dejaba al hombre en pasto seco e iba en busca de agua y comida para el enfermo.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.
Y así camino semana tras semana, cada vez estaba mas cerca de Buenos Aires, pero ella también se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba.
A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:
—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.
El hombre aún creía que seguía en la ramada, porque era tanto el deliro, que no se daba cuenta que se estaba moviendo.
La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.
Pero llegó un día, un atardecer en que la tortuga no podía mas, se le habían agotado sus fuerzas y se acostó en el suelo.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos.
—¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.
—¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
—Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré...
—¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires.
Al darse cuenta la tortuga recobró sus fuerzas y retomó su heroico viaje.
Cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo
El mismo reconoció a su amigo al instante y le dio medicamentos para la fiebre con los que se recuperó rápidamente.
Cuando el cazador supo como lo salvó la tortuga, como recorrió ese largo camino solo para que lo socorrieran, nunca mas se quiso separar de ella.
Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.
Y así fue. Feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.
yo ya lo había leído ....... pero igual esta bueno :D
ResponderEliminaresta re bueno siganlo asiendo
Eliminaresta re buena q lo sigan asiendo
Eliminaresta re bueno sigan así ...
Eliminarme gusta mucho ...
vamos adelante ...